Opinión | Jueces de la sociedad


Nuestras vidas están a juicio del más inteligente, o del más aburrido. Cada decisión que tomamos es un revuelo, ya sea para nuestras familias, amigos o la sociedad, según el nivel de popularidad tengas o te hagan tener en tu contra. De hecho, ser "diferente" ya es una forma de que nos juzguen por la calle. Nuestra forma de vestir, de escuchar musica, de pensar. Todos nos hemos convertidos en jueces de la moralidad y da igual tu ideología. El extremismo está a ambos lados de nuestro pensamiento político y no somos peores por reconocerlo. 

La imposición de nuestra ideología y forma de pensar a los demás ha llegado a un nivel que la palabra "debatir" ha quedado relegada a mera comparsa, a un recuerdo lejano en el que dos personas hablaban y compartían ideas sin acabar insultándose. Gran parte de ello es culpa del consumismo masivo de apps de información, o desinformación, en la que las masas acuden como borregos a informarse, sin pararse unos minutos a buscar si lo que vemos en la pantalla es real o es mentira. Unos nos dicen que llueve y otros que no y nosotros, en vez de asomarnos y abrir la ventana, nos tragamos como borregos lo que vemos sin cuestionarlo siquiera. 

Ante esa sociedad simplista y cada vez menos inteligente y más aborregada, dar tu opinión da más miedo para algunas personas que, visto el campo de batalla que son las redes sociales y el daño que pueden causar en muchas personas, evitan socializar y dar su opinión. Opinión que es tan válida como la del borrego, del que estudia y se informa como del que todavía no lo sabe y busca saberlo. Nos hemos convertido en jueces. Sabemos de todo, de volcanes, de pandemias, de política, de fútbol, de eutanasia, de guerras y todo lo que se nos ponga por delante. 

Hemos convertido las redes sociales en barras de bar en las que hablas de todo con todos y vas repartiendo consejos y leyes de vida como si fuéramos Baltasar en la cabalgata de navidad. Nos hemos convertido en embudos que tragamos todo lo que nos echen sin mirar siquiera qué estamos comiendo. En definitiva, juzgamos las vidas de los demás creyéndonos expertos y superiores en todo mientras tanto la mierda nos crece dentro de casa sin ponerle remedio alguno. 

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