Opinión | La fiesta de la libertad
Si miras a la derecha, tenemos a un candidato que está en las últimas y que ve llegar con el nuevo año su San Fermín en pos de la gran mandataría que ya se frota las manos para abandonar Madrid e intentar conquistar el país y que, estoy casi seguro, podría conseguir casi sin despeinarse. Más aún a la derecha tenemos al macho español, el maestro liendres de toda la vida que se cree que sabe de todo pero nada entiende. ¿Y a la izquierda? A la izquierda tenemos a un presidente que se le nota cansado, que no es de izquierdas y que solo intenta gestionar su salida de todo este desastre de la mejor manera posible para sus intereses. Más a la izquierda aún tenemos a pequeños partidos políticos con más ego que votantes que intentan conservar una silla para seguir viviendo del cuento yendo sin corbata al Congreso y creyéndose el referente de un 15M que han pisoteado hasta el aburrimiento.
Luego está el pueblo, aquel que está manipulado por los grandes medios de comunicación que informan según vean el ingreso en sus cuentas y giran hacia un lado u otro según el amo les mande y sin ninguna autocrítica posible. Ninguno piensa, ninguno sale a la calle a ver si es verdad que está lloviendo por mucho que te lo diga el periodista de turno. Si el cuarto poder come caliente, poco importa si lo que dicen es verdad o mentira. ¿A qué se aferra el pueblo? Nadie lo sabe. La derecha va siempre a votar, sean malos momentos o buenos para sus intereses. La izquierda se queda en casa porque para qué va a ir a votar, ya tendrá tiempo luego de quejarse en el bar, o en el fútbol con los amigos o viendo como le recortan derechos que no sabía ni que tenía.
Son elecciones. Tiempo de ver cosas que jamás pensamos que fueran verdad, políticos haciendo como que se preocupan por el pueblo y no por su bolsillo, medios de comunicación informando, aunque sea el mínimo legal, de partidos que odian porque su amo se los ordena y un pueblo que está tan cansado y tan harto que puede hacer lo que sea con tal de intentar cambiar el camino hacia el abismo.
La pregunta es, ¿es mejor caminar hacia el abismo o directamente saltar sin paracaídas?
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